fbpx

Enero 16, 2019|Alberto Efraín Meza-Alejo

El daño psicológico es un fenómeno usualmente confundido con el término de daño moral, sin embargo, difieren ampliamente.

Se presenta en dos etapas, lesiones psíquicas, siendo el daño agudo, y secuelas emocionales, siendo el daño crónico. La predisposición a presentar el daño psicológico, dependerá del tipo de trauma, la psicopatología previa al suceso (si la hay) y los factores protectores que posee la persona. Ante la actual situación de México, con el aumento en la violencia, el estudio del daño psicológico resulta vital.

El presente artículo tiene el propósito de recabar las principales etapas, causas y síntomas del daño psicológico, con la intención de conocer las mismas para, en un futuro, poder realizar investigación que permita diseñar evaluaciones e intervenciones con población mexicana.

Al ser la Psicología una ciencia distinta al Derecho, resulta natural pensar que los términos establecidos por ambos sean diferentes, sin embargo, al acercarse a áreas convergentes, algunos de estos conceptos comienzan a adquirir ciertas semejanzas, pero no llegan a ser totalmente iguales. Es por ello, que resulta importante aclarar que, aunque se suele creer que el daño moral y el daño psicológico son lo mismo, no lo son realmente.

Muñoz (2013) define el daño psíquico como «…a todos aquellos desajustes psicológicos derivados de la exposición de la persona a una situación de victimización criminal…» (p. 61). Por ende, esta resulta un concepto objetivo y mesurable; en contra posición al daño moral, el cual se caracteriza por tener elementos subjetivos y difícilmente cuantificables, como lo es la reputación o el decoro (Daño moral. sólo pueden sufrirlo las personas físicas (interpretación del artículo 1916 del código civil para el distrito federal), 2004).

Amor, Echeburúa & Carrasco (2016), proponen tres etapas que integran al daño psíquico:

1.      Reacción de sobrecogimiento: La principal característica de esta etapa está relacionada con una niebla intelectual (Trujillo, citado en Echeburúa & Corral, 2005), esto es, existe una sensación de embotamiento general, la persona muestra una incredulidad ante lo que le sucedió. Se podría decir que la persona se encuentra en “shock”.

2.    Vivencias afectivas dramáticas: Sucede cuando la persona ha logrado «asimilar» de una mejor manera lo que pasó. En esta etapa se da un sinnúmero de reacciones, que van conforme a cada persona, dada sus propias características de personalidad y habilidades de afrontamiento. Entre las respuestas más comunes, se encuentran la indignación, rabia, impotencia, dolor, miedo y culpa, alternándose con momentos de abatimiento (Echeburúa & Corral, 2005).

3.      Tendencia a revivir intensamente el suceso: Con el paso del tiempo, después del evento traumático, la persona suele re-experimentar tal situación, ya sea de forma espontánea o por estar bajo la influencia de algún factor detonante, está relacionado con el acontecimiento o sea un estímulo ajeno a éste.

Ahora bien, Soria, en el 2005 (citado en Muñoz, 2013) plantea una serie de fases ligeramente distintas con las planteadas por Amor et al (2016), lo relevante de esta descripción es que el autor plantea los lapsos aproximados por los cuales cada etapa se desarrolla. Su propuesta está integrada por tres momentos, los cuales son:

1)      Shock o desorganización: Sucede después de minutos u horas de haber ocurrido el evento traumático; es por lo tanto, la reacción inmediata. Dependiendo de la persona puede presentar dos tipos de shocks.

a)     Shock activo: Que se caracteriza por una hiper-respuesta por parte del individuo, que va desde un enturbiamiento de la conciencia hasta la hiperactividad, agitación, etc.

b)    Shock pasivo: El individuo puede presentar catatonía, paralización, hipoactividad, etc. Lo representativo de este tipo de shock es la pobreza en las reacciones del sujeto.

 

2)    Reorganización: Esta es la reacción a corto plazo, que se presenta después de algunas semanas a menos de seis meses del evento. En esta situación, la persona puede presentar dos tipos de sintomatologías, las cuales son:

a)     Tipo I: Sintomatología traumática aguda. Relacionado a síntomas de trastornos ansiosos o trastornos por estrés, como el trastorno por estrés agudo (TEA), trastorno de ansiedad generalizada, etc.

b)    Tipo II: Negación (reacción postraumática retarda). Similar a lo observado en los trastornos disociativos.

 

3)      Readaptación: Que se presenta alrededor de seis meses a dos años después del suceso traumático, siendo la reacción a largo plazo. En esta etapa se presentan dos vertientes; o bien la persona se recupera del daño, o, los síntomas se vuelven crónicos.

Muñoz (2013) recomienda realizar la evaluación, pasados de tres a cuatros meses del acontecimiento traumático, ya que resulta el momento más propicio para realizar un pronóstico en la recuperación de la persona, así como permite conocer el curso de los síntomas, si es que los hay.

El daño psíquico, a su vez, es dividido en dos componentes, lesiones psíquicas, siendo el daño agudo, y secuelas emocionales, siendo el daño crónico. (Echeburúa & Corral, 2005; Amor et al, 2016).

Las lesiones psíquicas, acorde a Echeburúa & Corral son «una alteración clínica aguda que sufre una persona como consecuencia de haber experimentado un suceso violento y que la incapacita significativamente para hacer frente a los requerimientos de la vida ordinaria a nivel personal, laboral, familiar o social» (2005, p. 60). Por lo tanto, las lesiones psíquicas serían el correlato más cercano a lo que se conoce en el ámbito jurídico como daño moral. (Amor et al, 2016, Echeburúa & Corral, 2005). Las principales lesiones psíquicas son las alteraciones adaptativas (depresión y ansiedad), el trastorno por estrés postraumático (TEPT) o la aparición de características de la personalidad anómalas.

Acorde a Amor et al (2016), existen tres niveles en una lesión psíquica, los cuales son el cognitivo, que se evidencia a través de mostrar una dificultad al momento de tomar decisiones, sensación de indefensión, tener problemas para controlarse y confusión; el psicofisiológico, caracterizado por presentar deficiencias en la calidad del sueño, así como experimentar sobresaltos continuos; y a nivel de conductas observables, de las cuales suelen ser la apatía y el «entorpecimiento» para retomar su vida cotidiana. Los principales síntomas y signos de las lesiones psíquicas se enlistan en la Tabla 1.

Tabla 1
  • Síntomas y signos de lesiones psíquicas.
  • Ansiedad.
  • Pérdida del interés y de la concentración en actividades anteriormente gratificantes.
  • Preocupación constante por el trauma, con tendencia a revivir el suceso.
  • Falta o pérdida del deseo sexual.
  • Alteraciones en el ritmo y el contenido del sueño.
  • Disminución de la autoestima.
  • Hostilidad, agresividad, abuso de alcohol y de drogas.
  • Modificación de las relaciones (dependencia emocional, aislamiento).
  • Depresión.
  • Cambio drástico en el estilo de vida, con miedo a acudir a los lugares de costumbre; necesidad apremiante de trasladarse de domicilio.
  • Pérdida progresiva de confianza personal debida a los sentimientos de indefensión y de desesperanza experimentada.
  • Cambios en el sistema de valores, especialmente la confianza en los demás y la creencia en un mundo justo.
  • Sentimientos negativos: humillación, vergüenza, culpa o ira.
  • Pérdida del interés y de la concentración en actividades anteriormente gratificantes.

Elaboración propia basada en Amor et al, 2016.

Con lo que respecta a las secuelas emocionales, Echeburúa & Corral las definen como «cicatrices psicológicas, se refieren a la estabilización del daño psíquico (…), una discapacidad permanente que no remite con el paso del tiempo ni con un tratamiento adecuado. Se trata (..) de una alteración irreversible en el funcionamiento psicológico habitual» (2005, pp. 62).

Las principales secuelas emocionales son aquellas que concuerdan con la entidad nosológica de Modificación Permanente de la Personalidad (F62.0) de la Clasificación de Internacional de Enfermedades, décima edición (CIE-10), de la Organización Mundial de la Salud, (OMS, 1992; citado en Amor et al, 2016), en la cual, el paciente desarrolla nuevos rasgos de personalidad que resultan estables e inadaptativos, que deben permanecer por al menos 2 años.

Otro trastorno relacionado con las secuelas emocionales es el Trastorno por estrés postraumático crónico (TEPT), teniendo como principales síntomas, la re-experimentación intrusiva el trauma, evitación de estímulos asociados con el evento traumático, etc.

No obstante, son varios los trastornos que una persona puede desarrollar debido al daño psíquico, a parte de los ya mencionados. Sosa y Capafóns en el 2005 (citados en Muñoz, 2013) mencionan que las víctimas con este daño pueden presentar trastorno por estrés agua (TEA), TEPT, amnesia disociativa, fuga disociativa, trastorno de identidad disociativa, trastorno por despersonalización, trastorno psicótico breve, trastorno de conversión, trastorno de somatización y trastorno límite de la personalidad.

Cabe aclarar, que no todas las personas que viven un trauma desarrollan algún trastorno, ello no quiere decir que no sufran alguna afectación en otros ámbitos de su vida. Acorde a Muñoz (2013), sólo del 10% al 30% de las personas desarrollarán afectaciones crónicas, siendo entonces, que más de la mitad de las personas lograrán recuperarse, ya sea a través de un proceso terapéutico adecuado o por recuperación espontánea.

Lo anterior es debido a los factores de vulnerabilidad que tiene una persona (Echeburúa & Corral, 2005; Amor et al, 2016; Muñoz, 2013), esto es, las características de personalidad anteriores al evento traumático; y a los recursos emocionales y de afrontamiento que la persona tiene para hacer frente a las problemáticas. Con respecto a estos factores, Echeburúa & Corral (2005), los dividen en dos, los psicológicos y los biológicos. El primero versa en qué tanto equilibrio emocional tiene la persona, mientras que el segundo está relacionado con el umbral de activación psicofisiológica. Éstos pueden, ya sea exacerbar los síntomas o aminorarlos.

Echeburúa & Corral (2005), plantean características de personalidad y emocionales que permiten a las personas afrontar de una forma sana o patológica el evento traumático, éstas deben de estar presentes en la persona previas al suceso que desencadenó el daño psíquico. A continuación, se presenta en la Tabla 2 resumiendo los principales factores:

Tabla 2

Factores presentes en la persona antes de vivir el evento traumático que predisponen o generan resistencia al daño psíquico.

 

  • Factores «predisponentes al daño psíquico»
  • Factores «resistentes al daño psíquico»
  • Baja autoestima
  • Control emocional
  • Desequilibrio emocional
  • Autoestima adecuada
  • Dependencia al alcohol y/u otras drogas
  • Estilo de vida equilibrado
  • Aislamiento social
  • Vida socialmente estimulante
  • Nivel bajo de inteligencia
  • Sentido del humor
  • Mala adaptación a los cambios
  • Actitud positiva ante la vida
  • Estrés acumulativo
  • Aficiones gratificantes
  • Antecedentes psiquiátricos familiares o personales
  • Buen afrontamiento de las dificultades cotidianas
  • Apoyo social insuficiente
  • Aceptación de las limitaciones personales

Elaboración propia a partir de Echeburúa y Corral, 2005.

Por lo tanto, el grado de afectación, el tiempo de recuperación (si la hay) y las secuelas (si las hay, también), dependen de qué tan vulnerable era la persona antes del evento traumático, así como de la ayuda recibida después de éste, tanto clínica, institucional, comunitaria y de sus familiares y amigos.

En conclusión, el daño psicológico es un fenómeno complejo, que no ha sido lo suficientemente estudiado como para poder comprenderlo, en una mayor medida. Si bien es cierto en esta recopilación sólo se describió cómo es que se causa y expresa el daño psicológico, la forma en cómo se debe de evaluar e intervenir también resulta relevante.

Con respecto a la situación en México, ante el clima de inseguridad y aumento de los crímenes violentos, empezar a realizar investigación acerca de este fenómeno con población nacional es un asunto de importancia medular para poder hacer frente a una situación que nos ha rebasado desde al menos una década.

Referencias

Amor, P., Echeburúa, E., & Carrasco, M. (2016). Daño psicológico en las víctimas de delitos violentos. Implicaciones psicológicas y jurídicas. Actualidad Penal, 41-74. doi:2415-2285

Daño moral. sólo pueden sufrirlo las personas físicas (interpretación del artículo 1916 del código civil para el distrito federal), 369/2004 (Quinto Tribunal Colegiado en Materia Civil del Primer Circuito. 26 de agosto de 2004).

Echeburúa, E., & Corral, P. (2005). ¿Cómo evaluar las lesiones psíquicas y las secuelas emocionales en las víctimas de delitos violentos? Psicopatología clínica, legal y forense, 5, 57-74. doi:1576-9941

Muñoz, J. (2013). La evaluación psicológica forense del daño psíquico: propuesta de un protocolo de actuación pericial. Anuario de Psicología Jurídica,, 4, 61-69. doi:http://dx.doi.org/10.5093/aj2013a10

Alberto Efraín Meza Alejos, actualmente es estudiante de último semestre de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, fue miembro de la tercera generación del programa de prácticas Iniciación a los casos judicializados, dentro de la Facultad de Psicología, a cargo de la doctora María Cristina Pérez Agüero, Profesora de Tiempo Completo en esta Facultad. Fungió como supervisor académico del Grupo de Investigación de Psicología Jurídica y Forense adscrito al programa de Iniciación Temprana a la Investigación Psicológica de la Facultad de Psicología, UNAM.

× ¿Cómo puedo ayudarte? Available from 00:01 to 23:59